viernes 6 de febrero de 2009

La Marihuana, un modelo a seguir


"Phelps, en entredicho tras su foto fumando marihuana"

Reza un titular de “elmundo.es”. La sociedad puritana, mojigata, buenista-zapateril-borreguil-Obamista, esgrimiendo la indigesta y funesta bandera de la corrección política, de la modelización estandar del ser humano, (patrón por el cual todos debemos actuar tal y como mandan los cánones de la sociedad de consumo impuesta por el american way of life) ha sentenciado en el juicio sumarísimo que tuvo lugar en el Tribunal Supremo de Injusticias de la Corrección Política, a este señor, que, por lo visto, es un famosísimo nadador olímpico, a rezar tropecientos rosarios, a flagelarse esgrimiendo el mea culpa de por vida y a llorar como una damisela por el supuesto error cometido… Y todo ello, sancionándolo, además, con tres meses de inhabilitación (que, en realidad, no sé muy bien lo que eso significa)… Y todo, manda cojones, por fumarse un peta.
Ya lo dije en la entrada anterior: la estupidez humana no tiene límites. Y me mantengo. A las pruebas me remito.
“Autoridades americanas dijeron que la noticia era decepcionante, pero hicieron hincapié en que fumar marihuana estando fuera de competencia no implicaba un problema de dopaje. "Obviamente, es muy decepcionante y una muy mala decisión de Michael. En cierto punto, le falló a todo el mundo", expresó el presidente ejecutivo de la Agencia Anti Dopaje de Estados Unidos (USADA, por su sigla en inglés), Travis Tygart, en una entrevista telefónica con Reuters”.
Dice la noticia… Tranquilo, Michael (consiénteme el tuteo), no has fallado a todo el mundo: al menos a mí me has dado alas. Al menos al principio, cuando vi la fotografía, porque después, quizás siguiendo los consejos de la prudencia, de la moderación o, tal vez, de don dinero, no has tenido pelotas para mantenerte, pues, tal y como sigue en el artículo, te has retractado de tu acción y sales a la palestra para pedir disculpas. ¿Disculpas, por qué?, ¿qué hay de malo en hacer lo que te venga en gana en tus ratos libres? Y, ya puestos, entremos en el meollo de la cuestión, ¿por qué debe ser un modelo a seguir alguien que se pasa la vida dando manotazos al agua y compitiendo a troche y moche con no-se-cuantos colgajos de oro en el cuello? ¿Eso es un modelo a seguir, competir hasta la saciedad por ver quien se desplaza más rápido por el agua?, ¿qué fue de aquello de la honestidad, la bondad y la lucha contra las injusticias que antaño estaban en el libro oficial de la Ética y que tantas almas levantaron? Yo, personalmente, no creo en la competición, sino en la colaboración y, en todo caso, si me apuran, creo que uno sólo debe competir consigo mismo, para ser cada día mejor persona, más honesto, más sabio… para, finalmente, y después de infinidad de derrotas y alguna que otra victoria, llegar a conocerse por completo.
Yo, lo reconozco, según los varemos actuales, soy un auténtico desperdicio de esta sociedad... y, justo es reconocerlo, me alegro por ello.

sábado 10 de enero de 2009

Dios y la estupidez

“Dios no existe” es la frase elegida para una campaña publicitaria que empapela algunos autobuses “ateos y librepensadores” catalanes. “Dios sí existe”, contestan, exaltados, indignados, los autobuses evangélicos de Fuenlabrada. Y la gente, algunos asombrados, otros indignados, los más desconcertados, siguen el juego, se manifiestan, se rebelan, protestan, claman, se rasgan las vestiduras, piden venganza… El ser humano es como es (al menos hoy en día, ¿siempre fuimos así?): estrecho de miras, sin sentido del humor, intransigente, intolerante, siempre en posesión de una verdad única e inalterable…

¿Qué Dios?, pregunto a los lumbreras que oscurecen el mundo con sus idioteces: ¿el de los judíos, tal vez?, ¿el de los cristianos?, ¿el de los islámicos?, ¿el del consumo?, ¿el intolerante que no admite más compañeros en el trono?, ¿el machista que desprecia a la mujer?, ¿el que castiga “amorosamente” a quien no siga sus dictámenes?, ¿el imperialista y genocida bíblico y bílico?, ¿el amo y señor de la moral y la ética?, ¿aquel que grabó a fuego en nuestro espíritu el concepto de pecado?, ¿el que nos subyuga bajo su mando? ¿Os referís, quizás, señores de la estulticia, al dios occidental (y ya, mundial) que terminó con la sabiduría del mundo antiguo?, ¿o bien os referís al compendio de dioses machistas e intolerantes que pululan por todas las religiones orientales que consideran a la mujer (y, ya puestos, a lo femenino en general) un ser imperfecto, incompleto e incapaz de dar un paso sin la luz sombría del machismo y el patriarcado?

Más le valdría a quienes idearon y secundaron estas campañas preguntarse cuál es el dios o el no-dios que quieren que les acompañe en sus vidas.

La estupidez humana no tiene límites (en este caso creo que la idea surgió de alguna retorcida mente anglosajona). Quizás, y por poner algunas barreras a la simpleza de la racionalidad occidental, sólo encuentra una débil barrera: su propia ignorancia y la estrechez de miras de la conciencia. Una deidad suprema, caso de existir, debería ser completa: masculino y femenino, niño y adulto, bueno y malo, ateo y creyente, material e inmaterial, mortal e inmortal, terrenal y divino, finito e infinito, existente e inexistente; debería ser Pleno; debería ser DIOS y DIOSA; debería ser UNO; debería ser NADA, porque sólo así podría ser TODO. Ése es el auténtico significado de una deidad atemporal, divina, eterna y suprema. Los “Hunos” (ateos éstos) temen lo que nunca llegarán a comprender; los “Hotros” (judeo-cristianos-islámicos ortodoxos, principalmente) temen lo que les han enseñado a temer; ambos se encuentran igual de perdidos. Da igual que exista un dios, o una diosa, o un profeta, o un iluminado, o un Buda, o cualquier otra forma de adoración becerril hacia algún ser surgido de la imaginación humana. Ésa no es la cuestión. Lo verdaderamente importante es saber que todos somos UNO, que estamos interconectados, que aquello que vertemos al mundo en cada instante (pensamientos, actos, gestos, miradas, sonrisas, sueños, ilusiones…) es lo que da forma a nuestra existencia y a todo aquello que nos envuelve. Vivamos, pues, pensando que, al hacernos daño, se lo hacemos a todo cuanto nos rodea, y que al sonreír a la vida hacemos que ella misma nos sonría.

P.D.: El bueno de Miguel Baquero se me ha adelantado al escribir sobre el tema. Para ver las fotos de los autobuses pueden acudir a su excelente entrada sita en su apasionante blog.

lunes 29 de diciembre de 2008

Playing for change




Hay canciones que son capaces de escribir una vida. Ésta es una de ellas. Para mí es, sin duda, el mejor regalo que he encontrado…
Feliz Solsticio, Feliz Navidad, Feliz Año

miércoles 17 de diciembre de 2008

Recuerda que siempre estaré aquí...

A pesar de que sean las cinco de la mañana cuando escribo esta entrada, no hablaré del insomnio y sus jugarretas. Esta vez es un sueño el motivo que me mantiene despierto a estas horas.
Pocos detalles recuerdo de él (creo que en ocasiones el contexto o los detalles de un sueño no son más que adornos que ayudan a prepararnos para asimilar la idea central que pretenden transmitirnos); pero ha sido un sueño (un juicio, tal vez) fulminante, intenso e inapelable. Seré, por tanto, muy breve en su descripción:

Padezco cáncer. Lucho para eliminar la enfermedad. Finalmente, termino venciéndola, aunque no desaparece de mi cuerpo. Cuando creo que puedo continuar mi vida tranquilamente, él (el cáncer que, por lo visto, tiene voz y personalidad) me dice, a modo de sentencia sumarísima, mientras clava sus palabras en el dedo índice de mi mano izquierda: «Recuerda que siempre estaré ahí».

Aún siento el dolor en el dedo mientras escribo estas líneas. Un dolor que me hizo saltar de la cama, un dolor que me despertó, sobrecogido, asustado (aterrado, más bien) con un sudor frío que ahora comienza a transformarse en recuerdos.

P.D.: En la interpretación de los sueños pocas cosas son tan evidentes como el simbolismo de esta enfermedad…

lunes 8 de diciembre de 2008

DÍA DE INSOMNIO (II)

23:59: Pido un vaso de agua bendita al camarero. ”¿Bendita?, aquí sólo tenemos del grifo”, me responde malhumorado. “Sea, igual ni se entera y sirve igualmente. Póngame dos”.
00:00-00:15: Mientras me habla (me insulta, más bien), le echo a “V” unas gotas de agua por encima al tiempo que recito unos pasajes del Libro Tibetano de lo Muertos.
00:25: “Porque errreess un… y un… y un…”. Creo que el exorcismo no está funcionando. Con los ojos alcohólicos, endiablados por el libro, “V” no para de decirme lo miserable, falso e hipócrita que soy. Comienzo a pensar que igual tiene razón, que algo de verdad hay en sus palabras (siempre pienso que, cuando alguien me critica duramente, lo más probable es que tenga algo de razón, y que no hace sino describir una faceta de mi personalidad que no quiero reconocer y que, sobre todo, me resisto a aceptar). Mejor me valdrá asumirlo, pienso: quizás por sus labios se exprese el lado oculto, oscuro y sombrío de mi personalidad. Quiero librarme de mis demonios. Decido practicarme un exorcismo. Comienzo a echarme agua por encima mientras recito frases del Libro Tibetano de los Muertos.
00:27: “J” no regresa, me tiene preocupado. Estoy empapado de agua del grifo bendecida por mí. Por eso no funciona, pienso: yo de bendito tengo más bien poco.
00:28: No lo soporto más: mando al carajo a “V” (amigo desde hace más de 20 años), al agua del grifo, al agua bendita, al Libro Tibetano de los Muertos y a todos los demonios de este y del otro mundo. Le digo a “V” que, lo que tenga que decir, me lo diga otro día, sereno, y que si piensa eso de mí me parece muy bien, que no espero caer bien a todo el mundo, pero que debería pensar que si, cada vez que se toma cuatro copas, suelta eso por la boca, es que también tiene mucha mierda acumulada en su interior y que ya va siendo hora de tirar de la cadena. Pero no sirve de nada. Mis palabras no hacen más que empeorar las cosas.
00:32: “J” regresa, al fin. Con la bronca y el frío se le ha pasado el pedo. “V” la emprende también con él. “J” le manda a tomar por culo, que es una forma un poco menos amable de mandarle al carajo. “V” se marcha, tambaleando y discutiendo consigo mismo. Es una buena persona. Tremendamente educado cuando está sereno. Stevenson tuvo que conocer a alguien así cuando escribió la historia del doctor Jekyll, pienso. Decido tomarme otra copa y hablar con “J” para ver cómo le va la vida.
01:15: Me voy a casa. Ha sido un día muy largo.
05:30: El sueño y el libro, apoyados el uno en el otro y apestando a alcohol, aparecen en mi cuarto… otra vez. Me zarandean. “Despierta, tenemos que hablar contigo”, me dicen al unísono. “Cabrones”, les digo. “Iros a joder a otro”.
05:30:01-08:00: Nada nuevo que apuntar. Sólo más de lo mismo. Ya está anotado todo en la página del día anterior. Salimos hacia Badajoz.
09:00: Llegamos a los juzgados. Viejos, destartalados, marchitos, ajados, desconchados… Son la viva imagen de nuestra justicia... y de nuestro mundo, pienso.
09:30: Me divierten las esperas. Escucho, veo, observo, analizo, capto, pienso, medito, siento… A mí me gustan, pero no a mi padre. Inquieto, se revuelve en el sillón antediluviano que le envuelve.
09:35: Veo pasar a un hombre que, no sé muy bien porqué, me inspira desconfianza: me parece un prepotente, un pasota… vamos, el rey del mambo de los juzgados: el más chulo del barrio, en definitiva, y todo eso con tan sólo verle pasar y hablar con cierta secretaria que se afanaba con unas carpetas. Los huelo a distancia. Apestan. No me gustan los más chulos del barrio: me recuerdan a quienes atormentaron mi infancia. Hay cada uno por ahí que no sabe lo que es la humildad, pienso, contrariado, aunque, la verdad, sigo sin saber por qué.
09:37: Pienso: Definitivamente no me gustan los juzgados.
09:45: Una señora pronuncia el nombre de mi padre. El abogado, mi padre y yo entramos en la sala. Curioso el primero, acojonado el segundo, y pensativo el que esto escribe.
09:45:03: La jodimos, pienso. Sentado en el trono veo una cara conocida. El más chulo del barrio es… el juez.

martes 2 de diciembre de 2008

DÍA DE INSOMNIO (I)

07:33: Cojo el autobús. Cada día pienso que el ser coherente con unos principios es una verdadera putada: tengo que levantarme media hora antes y llego a casa media hora después (definitivamente le he declarado la guerra al coche y no va a poder conmigo).
08:05-14:30: Trabajo. Nada interesante que contar. Sólo bla, bla, bla, bla…
15:10: Llego a casa. Abrazo y juego unos minutos con mis gatos que, como siempre, salen a recibirme cariñosamente. Les doy de comer, de beber y les cambio la arena. Con el estómago lleno y los pañales cambiados, pasan de mí y se van a jugar por ahí, contentos y felices como sólo un animal agradecido puede estarlo.
15:30: Hago la maleta. A las 16:30 tengo que salir hacia mi pueblo. Mi padre tiene un juicio y yo debo llevar al abogado y a un médico para que defiendan su causa. Es una larga historia que ahora no viene al caso.
15:34: Soy rápido haciendo maletas. Bajo a la cocina y me preparo algo de comer.
16:15: No soy rápido comiendo. El tiempo se me echa encima.
16: 45: Montados en el coche, el médico, uno de esos médicos de los que ya no quedan, comienza a contarme sus batallas. Interesantísimas batallas, dignas de un libro de memorias. Pertenece a Médicos Sin Fronteras y ha viajado por medio mundo. Y se nota.
18:10: El médico, con unas historias fraguadas en los lugares más castigados del planeta, me hace sentir mal. Yo no he sido capaz de ayudar a nadie de esa forma. ¿Existirá, me pregunto, una organización del tipo “Ingenieros Sin Fronteras” que sea de fiar, y en la que pueda hacer yo algo realmente importante para ayudar a mejorar el mundo? La verdad, lo dudo. No el que exista tal organización, que, por existir, hoy en día ya existe de todo, sino que dudo de mi capacidad para hacer algo realmente útil.
19:30: Llegamos a mi pueblo. Dejo a mis compañeros de viaje en el hotel y me precipito por las calles hacia la casa de mi hermana. Besos, abrazos. Veo a mis sobrinos, juego con ellos. Pero todo muy rápido: tengo que irme. Esa noche, mi padre, el abogado, el médico y yo tenemos que reunirnos para concretar los detalles del juicio.
23:30: La cena termina. Mi padre está muy nervioso por lo de mañana, “Tranquilo, papá (él siempre ha querido que le llame “padre”, pero yo, no sé por qué, nunca he sido capaz de hacerlo), verás como todo sale bien, y si no, pues nada, que uno nunca sabe qué es lo bueno y qué es lo malo”, le digo para intentar calmarle. Pero el rollo filosófico no funciona. Le veo muy desmejorado.
23:32: Me llaman unos amigos. Me insisten en ir a tomar una copa. Yo, juerguista empedernido, aunque me caigo de cansancio, cedo.
23:45: Llego al bar. Uno de mis amigos, “V”, está como una cuba, como el libro de anoche, pensé de inmediato. El otro, “J”, también, pero lo lleva mejor que "V", o, al menos, lo disimula mejor.
23:55: A “J” le llama su novia y se va fuera del bar para poder hablar con ella. Están de bronca. Mal asunto, pienso, llevan poco más de dos meses y salen a pelotera por semana. “V”, que, cuando se emborracha, dice verdaderas barbaridades al primero que pille, me coge por banda. Lo veo en sus ojos. El espíritu del libro le ha poseído. La jodimos, pienso.
23:56: “¡Tú eres un cobarde, como to´s los que están aquí!”, exclama señalándome a mí y todos los presentes del bar. No sé dónde esconderme. “¡Eres un teórico de bierda. Hip. No has hesssso nada por cambiar el bundo. Hip. Sólo bla, bla,bla, pero, en realidad, nadddda ddee naddda…Hip… ”. Igualito que el libro anoche, pienso. Me parece que mis demonios hablan por su boca. Aterrado, tomo una decisión nacida de la desesperación: debo practicar un exorcismo.

jueves 27 de noviembre de 2008

NOCHE DE INSOMNIO

21:44: Me siento (me caigo, más bien) en el sofá, al fin, tras catorce horas de trabajo inútil que, si acaso, sólo me va a reportar el pan de cada día… Decidido: voy a tener que pensar en seguir una dieta exhaustiva.
22:45: Tras zamparme con fruición el pan que me he ganado, comienzo una sentir una caló que no es normal. Las orejas se me ponen a cien (ellas son así de salidas), rabiosas de sangre hirviendo, a punto de estallar. A veces me pasa. No le doy más importancia. Pero jode, y mucho.
23:10: Decido irme a la cama y leer algo antes de dormir para ver si así me relajo y me baja la caló, que ya se está poniendo algo pesada.
23:15: Estoy en calzoncillos tirado en la cama. Comienzo a leer un libro sobre psicología que me produce pesadillas, pero que, la verdad, morboso que es uno, soy incapaz de dejar.
00:10: Mi novia, alertada, asombrada, hecha un ovillo entre las mantas, me mira y me dice: “ta´s loco, pisha, con el frío que hace y tú ahí, en carzonas…” Respondo: “Mu cuerdo no estoy, no, pero creo que tengo el termostato estropeao”. “Eso es por el cambio de presión, seguro”, susurra ya medio adormilada. “Pos va a ser que sí”, respondo pensativo. Es una buena respuesta. Decido en ese momento que al día siguiente debo buscar si existe alguna relación entre la caló de las orejas y el cambio de tiempo.
00:30: El sueño, perezoso, aparece con sigilo, y más arreglado que de costumbre, como si tuviera otros planes para esa noche. Mando el libro de psicología al carajo (en vano, porque sé que mañana volveré a cogerlo) y decido mirar pa´dentro, a ver que se está cociendo (y nunca mejor dicho) por mi subconsciente.
00:45: Respiro abdominalmente para intentar relajarme. Mi temperatura, al fin, empieza a bajar muy lentamente.
01:40: El sueño, que está con ganas de cahondeo esa noche (ya me barruntaba yo algo), me abandona y se va con el libro de psicología de parranda. Inesperadamente han hecho muy buenas migas. Ya les pillaré a los dos, ya.
01:42: Me despierto, como siempre, con pocas ganas de estar en la cama. Me levanto. Decido piratear un poco en el Emule mientras espero que los dos golfos regresen.
01:42:01: Shila, por supuesto, se despierta conmigo y decide que va a donde yo decida. Ella es así. Me quiere incondicionalmente.
02:15: Un recuerdo en forma de olor aparece de improviso. Enciendo una vela aromática para intentar adentrarme en él. Mi gata, orejas en alto, nariz abierta, gesto contrariado, me mira y me dice: “¡A qué coño huele!” Y yo, que no entiendo el humor gatuno (y ni sé a qué huelen las partes pudendas gatunas), la miro con cierta sorpresa: “Sea, ahora la apago”, le susurro. Soy así. La quiero incondicionalmente.
02:32: Cierta revoltura interior me hace sospechar que el momento ol-bran (¿alguien sabe cómo se escribe esto?) ha llegado. “No, Shila, a donde voy no puedes acompañarme”, murmuro mientras me levanto del sillón. “¡Qué te lo has creído!”, responde muy segura. Es una gata andaluza, y con mucho carácter. “Sea -le digo-. Allá tú, pero luego no me pidas que encienda otra vez la vela…”. Ella, que me conoce, entiende. Finalmente, y a regañadientes, decide quedarse en el sillón.
03:15: Cansado de piratear en el Emule (es la única forma que conozco de conseguir pelis antiguas), decido ponerme a teclear esta entrada. Aunque pienso que mañana tengo que salir de viaje y que lo mejor que puedo hacer es dejar de escribir e irme a la cama. Pero el pendón del sueño aún no ha vuelto. Seguro que ese maldito libro le está comiendo la cabeza con todo tipo de ideas extravagantes y perturbadoras. Como si lo viera.
04:50: Escucho el ajetreo de unas llaves que se afanan por encontrar una cerradura. Hay alguien que quiere abrir la puerta y no puede. Bajo, garrote en mano, decidido a ver quien es. Shila, que, la verdad, aunque me quiere con locura, creo que se quiere más a sí misma, se ha escondido debajo de la mesa. “Lo siento, pero lo primero es lo primero” me suelta de improviso. La entiendo, Aún así (o, tal vez, por eso mismo) la quiero incondicionalmente.
04:51: Oigo risas, hipidos, copas que chocan, cristales que se rompen. Me relajo. Entiendo. Abro la puerta. El sueño llega a casa, borracho como una cuba, abrazado al libro de psicología y cantando canciones sobre Jung acompañadas de los ya consabidos cánticos populares. Les abro y regreso a mi despacho.
05:10: El sueño y el libro entran a saco en mi despacho, y, al unísono, preguntan con la voz rota por el alcohol: “¡Qué haces, pringao!” “Aquí, perdiendo el tiempo”, les respondo algo malhumorado (tal vez porque no me han pedido que les acompañara). “¿Cómo ha ido la noche? ¿Habéis ligado?”, pregunto mirándoles de arriba abajo. “Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien -respondió, entre hipidos y carcajadas, el sueño” “Éste –añadió señalando al libro- y yo queremos fumarnos un peta, pa terminar la noche como Dios manda… ¿Te apuntas?” “Claro…”, respondí algo pensativo tras unos instantes en los que pude valorar la situación: si no puedes con tu enemigo, únete a él.
05:15: Me uno a ellos. Encendemos un porro. Ponemos música. Shila decide que no son horas para estar de picos pardos y se marcha a mi cama, ya fría, dispuesta a seguir durmiendo. Entre una humareda me digo: “¿Dormir, para qué? Con la de historias que el sueño tiene que contarme…”
07:00: Suena el despertador en el dormitorio. Mareado, somnoliento y cansado de escuchar las historias incoherentes e increíbles del sueño y su compinche, me levanto y me meto en la ducha: hay que ir a currar.
07:20: “Estás hecho una piltrafa” se mofa el sueño mirándome con desdén. “Por tu culpa”, le digo. “No, por la tuya…” me digo mientras veo como cierra los ojos con placer. Es un cabrón, pienso, aunque es posible que tenga razón. No me gusta su compañía, y menos cuando se junta con el zángano del libro. A ése lo voy a terminar quemando, o metiendo en el congelador, que para el caso es lo mismo.
07:30: Salgo de casa. El frío me espabila. Al fin tengo frío, y eso me hace sentir bien. Muy bien. Al fin y al cabo, no hay nada como una noche de insomnio para despejar la mente.