21:44: Me siento (me caigo, más bien) en el sofá, al fin, tras catorce horas de trabajo inútil que, si acaso, sólo me va a reportar el pan de cada día… Decidido: voy a tener que pensar en seguir una dieta exhaustiva.
22:45: Tras zamparme con fruición el pan que me he ganado, comienzo una sentir una caló que no es normal. Las orejas se me ponen a cien (ellas son así de salidas), rabiosas de sangre hirviendo, a punto de estallar. A veces me pasa. No le doy más importancia. Pero jode, y mucho.
23:10: Decido irme a la cama y leer algo antes de dormir para ver si así me relajo y me baja la caló, que ya se está poniendo algo pesada.
23:15: Estoy en calzoncillos tirado en la cama. Comienzo a leer un libro sobre psicología que me produce pesadillas, pero que, la verdad, morboso que es uno, soy incapaz de dejar.
00:10: Mi novia, alertada, asombrada, hecha un ovillo entre las mantas, me mira y me dice: “ta´s loco, pisha, con el frío que hace y tú ahí, en carzonas…” Respondo: “Mu cuerdo no estoy, no, pero creo que tengo el termostato estropeao”. “Eso es por el cambio de presión, seguro”, susurra ya medio adormilada. “Pos va a ser que sí”, respondo pensativo. Es una buena respuesta. Decido en ese momento que al día siguiente debo buscar si existe alguna relación entre la caló de las orejas y el cambio de tiempo.
00:30: El sueño, perezoso, aparece con sigilo, y más arreglado que de costumbre, como si tuviera otros planes para esa noche. Mando el libro de psicología al carajo (en vano, porque sé que mañana volveré a cogerlo) y decido mirar pa´dentro, a ver que se está cociendo (y nunca mejor dicho) por mi subconsciente.
00:45: Respiro abdominalmente para intentar relajarme. Mi temperatura, al fin, empieza a bajar muy lentamente.
01:40: El sueño, que está con ganas de cahondeo esa noche (ya me barruntaba yo algo), me abandona y se va con el libro de psicología de parranda. Inesperadamente han hecho muy buenas migas. Ya les pillaré a los dos, ya.
01:42: Me despierto, como siempre, con pocas ganas de estar en la cama. Me levanto. Decido piratear un poco en el Emule mientras espero que los dos golfos regresen.
01:42:01: Shila, por supuesto, se despierta conmigo y decide que va a donde yo decida. Ella es así. Me quiere incondicionalmente.
02:15: Un recuerdo en forma de olor aparece de improviso. Enciendo una vela aromática para intentar adentrarme en él. Mi gata, orejas en alto, nariz abierta, gesto contrariado, me mira y me dice: “¡A qué coño huele!” Y yo, que no entiendo el humor gatuno (y ni sé a qué huelen las partes pudendas gatunas), la miro con cierta sorpresa: “Sea, ahora la apago”, le susurro. Soy así. La quiero incondicionalmente.
02:32: Cierta revoltura interior me hace sospechar que el momento ol-bran (¿alguien sabe cómo se escribe esto?) ha llegado. “No, Shila, a donde voy no puedes acompañarme”, murmuro mientras me levanto del sillón. “¡Qué te lo has creído!”, responde muy segura. Es una gata andaluza, y con mucho carácter. “Sea -le digo-. Allá tú, pero luego no me pidas que encienda otra vez la vela…”. Ella, que me conoce, entiende. Finalmente, y a regañadientes, decide quedarse en el sillón.
03:15: Cansado de piratear en el Emule (es la única forma que conozco de conseguir pelis antiguas), decido ponerme a teclear esta entrada. Aunque pienso que mañana tengo que salir de viaje y que lo mejor que puedo hacer es dejar de escribir e irme a la cama. Pero el pendón del sueño aún no ha vuelto. Seguro que ese maldito libro le está comiendo la cabeza con todo tipo de ideas extravagantes y perturbadoras. Como si lo viera.
04:50: Escucho el ajetreo de unas llaves que se afanan por encontrar una cerradura. Hay alguien que quiere abrir la puerta y no puede. Bajo, garrote en mano, decidido a ver quien es. Shila, que, la verdad, aunque me quiere con locura, creo que se quiere más a sí misma, se ha escondido debajo de la mesa. “Lo siento, pero lo primero es lo primero” me suelta de improviso. La entiendo, Aún así (o, tal vez, por eso mismo) la quiero incondicionalmente.
04:51: Oigo risas, hipidos, copas que chocan, cristales que se rompen. Me relajo. Entiendo. Abro la puerta. El sueño llega a casa, borracho como una cuba, abrazado al libro de psicología y cantando canciones sobre Jung acompañadas de los ya consabidos cánticos populares. Les abro y regreso a mi despacho.
05:10: El sueño y el libro entran a saco en mi despacho, y, al unísono, preguntan con la voz rota por el alcohol: “¡Qué haces, pringao!” “Aquí, perdiendo el tiempo”, les respondo algo malhumorado (tal vez porque no me han pedido que les acompañara). “¿Cómo ha ido la noche? ¿Habéis ligado?”, pregunto mirándoles de arriba abajo. “Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien -respondió, entre hipidos y carcajadas, el sueño” “Éste –añadió señalando al libro- y yo queremos fumarnos un peta, pa terminar la noche como Dios manda… ¿Te apuntas?” “Claro…”, respondí algo pensativo tras unos instantes en los que pude valorar la situación: si no puedes con tu enemigo, únete a él.
05:15: Me uno a ellos. Encendemos un porro. Ponemos música. Shila decide que no son horas para estar de picos pardos y se marcha a mi cama, ya fría, dispuesta a seguir durmiendo. Entre una humareda me digo: “¿Dormir, para qué? Con la de historias que el sueño tiene que contarme…”
07:00: Suena el despertador en el dormitorio. Mareado, somnoliento y cansado de escuchar las historias incoherentes e increíbles del sueño y su compinche, me levanto y me meto en la ducha: hay que ir a currar.
07:20: “Estás hecho una piltrafa” se mofa el sueño mirándome con desdén. “Por tu culpa”, le digo. “No, por la tuya…” me digo mientras veo como cierra los ojos con placer. Es un cabrón, pienso, aunque es posible que tenga razón. No me gusta su compañía, y menos cuando se junta con el zángano del libro. A ése lo voy a terminar quemando, o metiendo en el congelador, que para el caso es lo mismo.
07:30: Salgo de casa. El frío me espabila. Al fin tengo frío, y eso me hace sentir bien. Muy bien. Al fin y al cabo, no hay nada como una noche de insomnio para despejar la mente.